Francisco Alemán Páez

Querido lector e-vidente:

Siéntete amablemente bienvenido a este lugar-isla y a este istmo tuyo. Será un diálogo táctil, silente, apantallado, hacedor, escuchante inclusive. Desde ahora el ritmo te pertenece, igual que tu nivel de complicidad; dosificarte, dosificarnos, y hacer del “clic” un acto índice, sonoro y volitivo.

Al adentrarte en estas páginas encontrarás varios testamentos ológrafos de quien ahora se presenta: enjambres de palabras convertidas reconvertidas en versos, poemas que enredan sus letras entre trazos pictóricos, recortes periodísticos, fotos en color, sepia y blanco y negro, meta-reflexiones, rapsodias musicadas, pequeños montajes de video… Mimbres todos de una cesta performativa donde confluyen dos eternidades, dos corrientes que arrancan del pasado más remoto con pretensión de caminar hacia el más remoto futuro.

No sabemos si esta atalaya informática llegue al fin a meteoro, pero algo habrá cambiado en un espacio de tiempo hecho presente. Ya me dirás...

EL CONSTRUCTOR DE BONSAIS

El constructor de Bonsáis tenía una rica colección de miniaturas arbóreas: alerces, olmos, hayas, cipreses, enebros, ficus, camelias y abedules formaban un bosque reducido de habitación casera. Desde niño, sus manos pequeñas se acostumbraron pronto al tacto de lo pequeño, haciéndolo halo posesivo. Los Bonsáis tactilizan la yema de los dedos abiertos. Instilan juegos emocionales al cuidarlos y forjan vínculos silentes con el mundo. Cuando se modelan con mimo, raptan el tiempo y lo encapsula en blísteres que exhalan sensualidad a través de las formas. La luz es más penetrante entre las ramas diminutas y la verdad se aprecia mejor no viendo claridades sino identificando lo oscuro.

De todo y de sí supo construir un continente verde diminuto. Escoger la tierra adecuada, drenarla y fertilizarla, dosificar el riego, podar el ramaje sin herir, modelar el alambrado, trasplantar a los dos años. Los ritos germinales fluían desde la semilla al tallo, del tallo a la raíz; esqueje en esqueje, plántula y hoja caduca. Cuando las ramas nacían apiñadas a una misma altura, conservaba las robustas podando las endebles, las antinaturales, o las que florasen por encima de las copas. Los Bonsáis eran bosque mágico y el bosque era hombre árbol.

Llegó un momento que el silencio se adueñó de aquella arboleda habitante. La tierra se agrumó y, pese a los drenajes, fue perdiendo pureza compacta. Los pájaros insolentes se posaban sobre el bosque curvando esqueléticamente las ramas y alambres. La fronda perdió espesura, y algunos árboles incluso toparon sus raíces con el borde de las macetas. Un día los Bonsáis fueron fertilizados con un abono distinto. El humus llevaba restos de polvo crematorio y cada árbol recibió una dosis biogénica de cenizas. A la mañana siguiente, los ramales volvieron a ramificarse, el verde se hizo verde, el boscaje floresta, y el constructor ataraxia galvánica.

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